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La Coctelera

PIENSO, LUEGO EXISTO

HIPOCRESÍA NO

1 Mayo 2007

En Norteamérica, el 1 de mayo de 1886, se produjo la huelga general reivindicando trabajar solo 8 horas al día

Como cada año, en el día

1 de mayo, en buena parte

del mundo, se produce

una jornada de

reivindicación sobre

cuestiones laborales.

Aunque con el paso de

los años, cada vez más,

parece un mero día de

fiesta, perdiéndose la

esencia que motiva este

día.

El 1 de mayo, que es un

día para la reivindicación

en cuestiones laborales,

también es la fecha en

que se conmemora la

huelga general por las 8

horas. Dicha huelga

general, se produjo el 1

de mayo de 1886 en

Norteamérica. En todo el

país, los obreros

paralizaron la jornada

laboral, reivindicando no

tener que trabajar más de 8 horas por día.

Desde 1886, se han producido ciertos avances para los obreros, pero aun hoy en

día las reivindicaciones de mejorar laborales son vigentes, puesto que la

precariedad en el trabajo es constatable.

Considero que la reivindicación esencial de siempre, es que el trabajador obtengan

un salario digno, por lo que de cobrar según el nivel de vida. Es inaceptable que

año tras año, los salarios permanezcan congelados, y/o con insignificantes

incrementos, conllevando consecuentemente la pérdida del poder adquisitivo,

debido a que los salarios cada vez son más bajos con respecto al nivel de vida.

Los sindicatos de trabajadores de Norteamérica, decidieron convocar a los obreros,

para llevar a cabo la huelga general en todo el país. Determinando que el día de la

huelga general, fuera el 1 de mayo.

Por fin, la fecha tan esperada llegó, era el día, en el que para todo el movimiento

sindical, tenían como objetivo de que a partir de ese 1 de mayo, ningún obrero

debería trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo!

¡8 horas de recreación!. Simultáneamente se declararon 5.000 huelgas y 340.000

huelguistas dejaron las fábricas, para ganar las calles y allí vocear sus demandas.

Cuando estalló la huelga general del 1° de mayo, McCormik seguía funcionando

con el trabajo de los rompehuelgas. Y esto origino a que no tardarse en producirse

choques entre los restantes trabajadores de la ciudad y los “esquiroles”. El

ambiente se caldeó considerablemente por los enfrentamientos acaecidos entre

huelguista y esquiroles. Y aun se caldeo más, cuando la policía disolvió

violentamente un mitin de 50.000 huelguistas en el centro de Chicago, el 2 de

mayo. El día 3 se hizo una nueva manifestación, esta vez frente a la fábrica

McCormik, organizada por la Unión de los Trabajadores de la Madera. Estaba en

la tribuna el anarquista August Spies, cuando sonó la campana anunciando la

salida de un turno de rompehuelgas. Sentirla y lanzarse los manifestantes sobre

los “scabs” (amarillos) fue todo uno. Injurias y pedradas volaban hacia los

traidores, cuando una compañía de policías cayó sobre la muchedumbre

desarmada y, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre ella. 6

muertos y varias decenas de heridos fue el saldo de la acción policial.

Tras el enfrentamiento entre huelguistas y esquiroles frente a la fábrica McCormik,

la tarde del 3 de mayo de 1886 se reunió en Chicago el grupo socialista de

trabajadores alemanes. Con asistencia de Engel y Fischer, se acordó convocar un

miting de protesta en la plaza Haymarket, para el día siguiente por la tarde (4 de

mayo). Fischer se entrevistó con Spies el día 4 por la mañana, comprometiéndolo a

hablar en aquel miting.

El 4 de mayo de 1886, en la plaza de Haymarket, hablaron Spies, Parsons y Fielden,

que debía cerrar la manifestación. En la plaza Haymarket se reunieron unas 15.000

personas. La mayoría de los que posteriormente serían los mártires de Chicago se

hallaba a esa hora en la Redacción del “Arbeiter Zeitung”.

Mientras continuaba hablando Fielden, Parsons fue al cercano local Zept Hall para

protegerse de la lluvia, que empezaba a caer. Allí se encontraba ya Fischer. En la

tribuna seguían Fielden, que era el orador, y Spies, El alcalde de Chicago, Carter

H. Harrison, que presenciaba el mitin para pulsar el ambiente, se fue a casa al

concluir de hablar Parsons, dándole órdenes al capitán de Policía Bonfield, a cargo

de la tropa, de que la retirara. Tras marcharse el alcalde, en la plaza, la

muchedumbre que aun permanecía en el miting, ya se había reducido a unos pocos

miles, puesto que la mayoría de los asistentes al acto reivindicativo, se habían

marchado al estar finalizando el miting. Instante en que 180 policías avanzaron de

pronto sobre los manifestantes con los capitanes Bonfield y Ward al frente,

quienes ordenaron terminar el mitin de inmediato, y a sus hombres tomar

posiciones para disparar. Fue entonces, cuando de pronto (según el testimonio

del cubano José Martí, entonces corresponsal de prensa en los Estados Unidos,

años después ser convertiría en el revolucionario que fue considerado el padre de

la patria en Cuba) “se vio descender sobre sus cabezas, caracoleando por el aire,

un hilo rojo. Tiembla la tierra, húndese el proyectil cuatro pies de distancia de los

uniformados que se encontraban allí para disolver el acto en cualquier instante;

caen rugiendo, uno sobre otros, los soldados de las dos primeras líneas; los gritos

de un moribundo desgarran el aire”.

Esa bomba lanzada por mano anónima, fue seguida del fusilamiento de la multitud

por la policía, dejando a 38 obreros muertos y 115 heridos, y puso en difícil

situación a los dirigentes. Se hallaron (en palabras de Martí) “acusados de haber

compuesto y ayudado a lanzar, cuando no lanzado, la bomba del tamaño de una

naranja que tendió por tierra las filas delanteras de los policías, dejó a uno muerto,

causó después la muerte de seis más y abrió en otros 50 heridas graves...”.

En la redada policial que siguió a la masacre (más de 300 detenidos en un día), bajo

estado de sitio, toque de queda y ocupación militar de los barrios obreros, fueron

aprehendidos Spies, Schwab y Fischer, en las oficinas del “Arbeiter Zeitung”, esa

misma noche. A Fielden, herido, lo sacaron de su casa. A Engel y Neebe, de sus

casas también. Lingg fue apresado en su buhardilla, luego de enfrentarse a

bofetadas con los policías que lo iban a detener. Le hallaron bombas. Parsons

logró escapar, pero se presentó voluntariamente al Tribunal, al iniciarse el proceso,

para compartir la suerte de sus compañeros.

El 17 de mayo de 1886 se reunió el Tribunal Especial, ante el cual comparecieron:

August Spies, 31 años, periodista y director del “Arbeiter Zeitung”; Michael

Schwab, 33 años, tipógrafo y encuadernador; Oscar W. Neebe, 36 años, vendedor,

anarquista; Adolf Fischer, 30 años, periodista; Louis Lingg, 22 años, carpintero;

George Engel, 50 años, tipógrafo y periodista; Samuel Fielden, 39 años, pastor

metodista y obrero textil; Albert Parsons, 38 años, veterano de la guerra de

secesión, ex candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por los grupos

socialistas, periodista; Rodolfo Schnaubelt, cuñado de Schwab, y los traidores

William Selinger, Waller y Scharader, ex integrantes del movimiento obrero que

testificaron en falso contra quienes llamaban “camaradas” y cuyo perjurio fue

posteriormente comprobado, cuando ya sus declaraciones habían sido acogidas

por el Tribunal y ahorcados cuatro de los acusados.

El 15 de julio de 1886, el fiscal Grinnell, como representante del Estado de Illinois,

empezó la acusación por los delitos de conspiración y asesinato de policías,

prometiendo probar en el juicio quién había arrojado la bomba en la plaza

Haymarket. Fundaba la acusación en que los procesados pertenecían a una

“asociación secreta” que se proponía hacer la revolución social y destruir el orden

establecido, empleando la dinamita para ello.

El 20 de agosto de 1886, ante el Tribunal en pleno, fue leído el veredicto del Jurado: condenados a muerte Spies, Schwab, Lingg, Engel, Fielden, Parsons, Fischer y a 15

años de trabajos forzados, Oscar W. Neebe.

El 11 de noviembre de 1887, un año y medio después de la gran huelga por las 8

horas, fueron ahorcados en la cárcel de Chicago los dirigentes anarquistas y

socialistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Otro de

ellos, Louis Lingg, se había suicidado el día anterior. La pena de Samuel Fielden y

Michael Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, es decir, debían morir

en la cárcel, y Oscar W. Neebe estaba condenado a quince años de trabajos

forzados. El proceso había estremecido a Norteamérica y la injusta condena (sin

probárseles ningún cargo) conmovió al mundo. Cuando Spies, Parsons, Fischer y

Engel fueron colgados, la indignación no pudo contenerse, y hubo

manifestaciones en contra del capitalismo y de sus jueces en las principales

ciudades del mundo. De allí empezó a celebrarse cada 1° de mayo el “Día

Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la

huelga por las 8 horas, y no su aberrante epílogo. Pero fue el sacrificio de los

héroes de Chicago el que grabó a fuego en la conciencia obrera aquella fecha

inolvidable.

Los funerales de los que ya mismo se empezó a llamar Mártires de Chicago se

efectuaron el día 12 de noviembre de 1887. El ataúd de Spies iba oculto bajo las

coronas; el de Parsons, escoltado por 14 obreros que llevaban una corona

simbólica cada uno; el de Fischer, adornado con guirnaldas de lirio y clavelinas;

los de Engel y Lingg (junto de nuevo a sus compañeros), envueltos en banderas

rojas. Las viudas y los deudos, de riguroso luto, y encabezando el cortejo un

veterano de la guerra civil, con la bandera de los Estados Unidos. 25.000 personas

asistieron a las exequias y otras 250.000 flanquearon el recorrido. Durante días las

casas obreras de Chicago exhibieron una flor de seda roja clavada a su puerta en

señal de duelo.

En 1893, un nuevo gobernador de Illinois, John Atgeld, accedió a que se revisara

el proceso. Las diligencias practicadas por el juez Eberhardt entonces establecieron

que los ahorcados no habían cometido ningún crimen y que “habían sido víctimas

inocentes de un error judicial”. Schwab, Fielden y Neebe fueron puestos en

libertad. La hermana del testigo Waller demostró al juez que todo lo dicho por él

era falso y cómo se había comprado su testimonio; se recogieron declaraciones

contra el capitán Bonfield, que había manifestado: “Dénme unos tres mil de esos

anarquistas y yo sé lo que voy a hacer con ellos”; se probó cómo el procurador

especial Rice dispuso la integración espúrea del Jurado y otros delitos semejantes.

Pero ya era demasiado tarde. Aquellos inocentes, “víctimas de un error judicial”,

estaban muertos.

servido por josep_pepus 1 comentario compártelo

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DELBERT

DELBERT dijo

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5 Octubre 2009 | 04:54 PM

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Se podría decir que soy peculiar. Algo obstinado, no me va la hipocresía, y valoro la amistad.

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